Bitácora de las Ideas I
Ciencia para pensar la vida cotidiana.
¿Alguna vez te preguntaste qué es lo que hace que todos los días podamos hacer lo
que tenemos que hacer?
¿Qué nos permite mirar, escuchar, oler y que, de repente, algo nos haga acordar a una
persona o a un momento?
¿Por qué a veces nos olvidamos de algo y nos sentimos completamente estúpidos?
¿Por qué lloramos?
¿Por qué nos enojamos, incluso cuando después pensamos que tal vez no tenía tanto
sentido?
Todo eso parece cotidiano.
Y quizás justamente por eso pocas veces nos detenemos a pensar en lo extraordinario
que es:
El cerebro.
Ese órgano tan complejo que nos permite percibir el mundo, recordarlo, aprender de él
y responder a lo que ocurre a nuestro alrededor y también dentro de nosotros mismos.
En los últimos años se se empezó hablar del cerebro. Pocos, muy pocos en el mundo somos los que hablamos del cerebro en acción, la ciencia de la vida cotidiana .
Lo encontramos en libros,
Redes sociales, podcasts y cursos.
Pero el interés por comprender y modificar nuestros
estados de conciencia no empezó ayer. Distintas culturas ya conocían que algunas
sustancias podían modificar la percepción y los estados de conciencia.
Hoy sabemos mucho más sobre el cerebro que aquellas culturas. Podemos estudiar sus
células, observar su actividad y conocer algunos de los mecanismos que participan en
nuestras emociones, pensamientos y conductas.
Pero cuanto más sabemos sobre él, aparece una pregunta que me parece todavía más
interesante:
¿Podemos entender el cerebro si lo pensamos separado de las personas y del
mundo en el que vive?
Yo creo que no.
Empecemos por el principio
El cerebro es uno de los órganos más complejos que conocemos.
Está formado por neuronas y distintos tipos de células gliales. Durante mucho tiempo,
las células gliales quedaron en segundo plano, como si fueran solamente el soporte de
las neuronas. Hoy sabemos que cumplen funciones fundamentales para que el sistema
nervioso pueda desarrollarse, mantenerse y funcionar.
Las neuronas reciben, procesan y transmiten información mediante señales eléctricas y
químicas. Y no trabajan solas: forman redes inmensas y dinámicas que cambian a partir
de nuestra experiencia.
Para que todo esto sea posible, el cerebro necesita una enorme cantidad de energía.
En condiciones habituales utiliza principalmente glucosa como combustible y depende
de un aporte constante de oxígeno y nutrientes.
Y todo esto ocurre mientras nosotros seguimos con nuestra vida.
Mientras tomamos un café.
Mientras escuchamos una canción.
Mientras reconocemos una cara.
Mientras recordamos algo que ocurrió hace veinte años.
Mientras buscamos las llaves que acabamos de dejar en algún lugar que, por supuesto,
no recordamos.
El cerebro está trabajando todo el tiempo.
Y, sin embargo, casi nunca pensamos en él.
Hasta que algo falla.
O hasta que empezamos a preguntarnos cómo es posible que haga todo lo que hace.
No solamente recibimos información
Nuestros sentidos nos permiten captar información del mundo que nos rodea.
Vemos, escuchamos, olemos, saboreamos, tocamos.
Pero también recibimos información desde nuestro propio cuerpo: tenemos hambre,
sueño, frío, calor, dolor, cansancio, aceleración del corazón.
Todo eso llega al sistema nervioso.
Pero el cerebro no funciona como una cámara que simplemente registra lo que sucede.
Interpreta.
Integra información del ambiente, del cuerpo, de nuestras experiencias anteriores y del
contexto, y con todo eso construye una respuesta.
Por eso una misma situación puede provocar respuestas completamente diferentes en
dos personas.
Un olor puede ser solamente un olor para alguien y llevar a otra persona directamente a
la cocina de su abuela.
Una canción puede no significar absolutamente nada para uno y hacer llorar a otro.
Una mirada puede tranquilizarnos.
O ponernos en alerta.
Un lugar puede resultarnos familiar aunque no sepamos explicar por qué.
No respondemos solamente a lo que ocurre.
Respondemos también a lo que ese acontecimiento significa para nosotros.
Y ese significado no aparece de la nada.
Tiene una historia.
Nuestra historia.
Y para entender cómo llegamos hasta acá tenemos que mirar mucho más atrás.
Para seguir pensando
Si nuestro cerebro no solamente recibe información, sino que la interpreta...
¿de dónde aprende? ¿qué significa lo que vivimos?
La respuesta nos lleva mucho más atrás de lo que imaginamos.
Nos lleva a la evolución.
A los primeros grupos humanos.
A quienes nos cuidaron, nos enseñaron y nos mostraron cómo era el mundo.
Nos lleva, en definitiva, a nuestra tribu.
Pero eso lo dejamos para la próxima idea.
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